Éxito: 50% trabajo, 50% comunicación

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Una piedra angular formada con experiencias

Desde hace años acumulo en un documento –que viaja en mi ordenador mientras coge forma en papeles sucios de los que soy incapaz de separarme- todas las leyes que yo mismo voy redactando conforme gano experiencia y que codifico para mi yo del futuro. Espero que el día de mañana pueda allanar el camino a esa versión mejorada de mí en los proyectos en los que se implique.

¿Por qué no cuelgo este documento en la web y me ahorro publicar esta entrada? Sencillo. Dicha “hoja de ruta” es fruto de mi experiencia y de los casos a los que me he enfrentado. Sin esa vivencia las normas que he escrito para mí pueden parecer una contradicción o un sinsentido para otros. Si otra persona decidiera escribir su propia especie de “carta magna” y yo mismo no conociera su experiencia podría no entender nada.

En cambio, si me detengo en todas y cada una de esas normas que he ido construyendo y en las razones que hay detrás de ellas, e intento transferir a través de este blog lo aprendido caso a caso, habré creado un canal de transmisión de conocimientos mucho más robusto que si simplemente copiara mi decálogo.

Ese será el objetivo que me marque cada vez que vuelva a participar en este blog –algo que espero que ocurra muchas veces- ¿Por qué lo haré? Precisamente porque las normas por las que me rijo me llevan a exponer todo lo que aprendo, a compartirlo y a mejorarlo si alguien me demuestra que eso puede ocurrir o si yo mismo me doy cuenta de que puedo mejorar.

Hacer y decir qué hacemos ¿por qué es tan importante?

Precisamente en esta filosofía está basada una de mis normas favoritas, la primera que quiero contar aquí:

El éxito no depende exclusivamente del trabajo bien hecho.

También depende del esfuerzo que hagamos en comunicar dicho trabajo.

Tendemos a pensar que la calidad de nuestro trabajo debería ser un reclamo suficiente para atraer a posibles interesados. Nos olvidamos que a veces debemos recordar a los demás qué estamos haciendo. Esa forma de pensar y de actuar es la que precisamente da origen a esta norma.

“Somos buenos en lo que hacemos, merecemos un reconocimiento” pensamos. Creemos que la gente vendrá atraída por nuestro trabajo. Y tenemos esa idea en la cabeza a pesar de que cada día vemos que no necesariamente triunfan los proyectos de calidad, sino que son los efectivos lo que lo consiguen, los que enganchan a los demás a cualquier coste (pensad en las webs de autoayuda).

Pese a saberlo nos mantenemos en nuestras trece. Y creeremos que nuestra idea tiene algo que la hace especial. Posiblemente porque es nuestra y nadie como nosotros conoce lo que nos hemos preocupado en cuidar hasta el último detalle.

Es posible que después de todo triunfemos con esa actitud. Pero es igualmente posible que fracasemos. Es muy difícil, por no decir imposible, determinar qué opción tiene más probabilidades de ganar. Cuando ejecutamos nuestro plan ¿sabemos acaso lo que los demás opinan? ¿Sabemos cómo han reaccionado a nuestro trabajo? ¿Sabemos qué esperaban? La comunicación es imprescindible si queremos ganar, si queremos alcanzar nuestro objetivo. No la menospreciemos pensando que sólo es una herramienta de promoción de los servicios que ofrecemos, nuestro producto, el evento que hemos organizado, etc. La comunicación es un ejercicio de evaluación interna y externa que nos ayuda a descubrir las carencias y fortalezas de nuestro trabajo.

Muchos diréis que he cometido un error al no asumir que la labor de comunicación es precisamente parte del trabajo, que no tiene sentido que yo los haya separado. A otros os habrá parecido todo demasiado obvio, empezando porque estoy haciendo un alegato en favor de la comunicación en el blog de una consultora de comunicación.

Y sin embargo, a pesar de la obviedad, vemos que ahí fuera los problemas se suceden. ¿Quién no ha oído hablar de un evento al que asistía un afamado ponente que no conseguía llenar una sala con capacidad minúscula? ¿Quién no conoce ese magnífico negocio regentado por fueras de serie que cerraba sus puertas al poco tiempo por falta de público? ¿Quién no ha visto esa idea encallada porque la persona que la defendía, a pesar de tener todo estudiado minuciosamente, no ha sabido transmitir la necesidad que cubría?

Un ejemplo bañado en oro (líquido)

Vayamos a un ejemplo real para entender la diferencia entre aplicar esta norma y no hacerlo. Este ejemplo nos lo ha dado el mundo del marketing, que ha encontrado en España (más  concretamente en Andalucía) un mercado que ha sufrido mucho el no haberse comunicado con su entorno para funcionar, lo que lo ha hecho arrastrar problemas de rendimiento y reconocimiento durante décadas; se trata del aceite de oliva.

El “oro líquido” parece a día de hoy un producto reconocido mundialmente, piedra angular de una de las culturas gastronómicas más afamadas del mundo ¿Qué podemos decir los que tenemos nuestras cocinas dominadas por este ingrediente?

La realidad, sin embargo, es mucho más compleja. Al contrario de lo que podamos pensar no es un producto que haya triunfado por sí solo. Atrás quedan ya años de investigaciones médicas, innovaciones en nuevos usos, misiones comerciales e incluso luchas contra campañas de desprestigio. Toda una suma de esfuerzos que no conseguía que nuestro aceite conquistara el planeta.

A pesar de que según los productores queda mucho por hacer -es cierto, es una tarea que no se acaba nunca- hoy sí podemos decir que el aceite de oliva triunfa en el mundo. Hoy es un producto reconocido. Y no han sido esos esfuerzos los que lo han hecho triunfar; ha sido el esfuerzo en dialogar que los productores han establecido con sus potenciales consumidores lo que ha funcionado.

Para lograr esa adaptación a cada mercado quizás ha perdido su esencia a nuestros ojos, la “calidad” a la que nosotros estamos acostumbrados –ese amargo y turbio verdor que rasca la garganta-. Con un producto algo distinto, más suave, ha conseguido encontrar su lugar en los hogares de quienes buscaban un ingrediente con el que enriquecer una dieta sana, un proceso de adaptación a cada mercado local que ha necesitado de mucha comunicación.

Hoy, quien triunfa es precisamente aquel capaz de establecer un diálogo con su entorno, de conocer sus carencias, de proponer cambios atractivos y alternativas, de cuidar y agradecer el trato recibido. Da igual si es una productora de aceite, un tendero, un organizador de eventos culturales o una consultora.

Se trata de realizar un ejercicio de comunicación tan importante como el resto de tareas que debemos ejecutar. Una proporción que siempre debe rondar el “Cincuenta-cincuenta”.

Debemos hacer fluir la información a nuestro alrededor y aprender de ello. Yo es lo he querido transmitiros aquí, os he expuesto mi experiencia y lo aprendido de ella. Espero que esa información siga fluyendo y mis normas, tanto si es en cantidad como en calidad, sigan creciendo gracias a vosotros, clientes, compañeros, amigos…

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